27.1.09

Reflexiones

Sobre la transdimensionalidad de los personajes de Hollywood

Me gustaría compartir con los asiduos visitantes de este sitio algunas reflexiones sobre las extrañas conductas que presentan esos seres que, muy similares a los humanos, que nos refriegan sus fantásticas y excéntricas vidas, tras un cristal que parece ser un portal a su extraña dimensión; hablo de los personajes de televisión. En esta ocasión me referiré al ícono favorito Hollywood, el flaquito que juega al béisbol, baloncesto o football americano.


Necesariamente, estas películas empiezan con una toma de altura que capta
la espléndida mañana en una arbolada calle de un barrio residencial. A medida que la imagen se acerca a la casa del protagonista, se observa pasar a un pibe en bicicleta revoleando los diarios contra los “pórticos” y, a una mujer de mediana edad trotando en sentido contrario, auriculares infaltables, pelo oscuro tomado con cola alta, calzas negras largas y remera blanca.

Al parecer no existe otro prototipo de escena inicial, que aquella que muestra al pendejo salir apurado de la casa en una diminuta bicicleta, camisa sobre remera abierta (normalmente en tonos azules, celestes y blancos), y mochila a cuestas… “adiós mamá, regreso para la cena”, pero nunca te muestran a la madre.

A partir de este punto, empieza el nudo de la película. Los productores de cine no pueden
explicar como ese pendejo, que a los 4 años se cargaba más horas de entrenamiento que Jack Lalein, que desayunaba, almorzaba y cenaba mirando las grabaciones de los partidos más importantes de la liga, haya sido un prodigio de guacho, y ahora sea el jugador mas poronga del equipo…y el padre es el entrenador. Pero los fenómenos inexplicables no terminan ahí: ¿como es posible que ese infradotado motriz logre jugar en cuatro meses lo que no había jugado en sus 17 años de vida?

El argumento central de la película se desenvuelve de un modo que pueda comprenderlo el más fronterizo de los televidentes. En una escena que dura entre uno y dos minutos, te muestran como este cristiano sale a correr a las 5 de la mañana todos los días, acompañado por una música de fondo recotramotivante que en tu puta vida vas a escuchar si salís a trotar, se queda hasta las dos de la mañana tirando al aro o derribando hombres de goma espuma con todas las luces del estadio prendidas (del que aparentemente tiene las llaves), estudia a escondidas (y casi
como si estuviera mal) hasta las cuatro de la mañana mientras ve “elevar sus calificaciones”, y ayuda a su padre a construir la casa del árbol. Este trasnochado cuasi-jedy no solo logra llevar esta vida con sonrisas, y sin psicólogos ni ojeras, sino que mientras tanto, tiene que solucionar los problemas amorosos con una inteligente morocha que no se puede comer (porque no es su novia) pero que le arma todos los quilombos dignos de una.

Después de esta mega escena ya no queda mucha película que mostrar, y de alguna cósmica manera, al pendejo de mierda le termina saliendo todo mejor que a vos. Su equipo gana la final del campeonato interestatal, con una anotación suya en el último segundo, mientras la minita (que a esta altura ya es su novia) lo alienta desde la tribuna, sentada al lado de la profesora de física que lo quiere más que a su propio hijo, quién juega de suplente y le v
a para el ojete en el colegio. Cuando vuelve a casa con un trofeo que nadie sabe como puta metió al auto, todos sus familiares y amigos lo reciben en su living gritándole cuando prende la luz. Sin embargo, como si lo esperara, el pendejo no se asusta, y frente a todas esas cornetas, gritos, tremendas minas, cintas de colores, su novia (que aparentemente volvió en charter) pasacalles cruzados en el techo y amigos (uno se salvó de un accidente de auto y esta en silla de ruedas en prometedora recuperación) sonríe con aparente humildad mientras piensa para sí que es la reencarnación del mismo Anibal, olvidándose que hace cuatro meses era un fracasado casi cuadraplégico mal alumno sin amigos, al que no miraba media mina.

El pendejo sale con la chaqueta del equipo a bañarse con la luz de la luna que da en el pórtico de la casa (ya que en esos lugares no conocen el robo, la violación y el homicidio), se apoya en la baranda blanca con la cara de introspección de un monje tibetano, y al levantar la vista hacia el firmamento, ve la luz de la casa del árbol prendida. Al subir, se encuentra a la novia (quien definitivamente cuenta con algún mecanismo de teletransportación) que lo esperaba para regalarle un objeto de gran valor afectivo, aunque nunca te enteras como poronga sabía que el flaco se iba a aparecer. Si la película es para mayores de trece años, te insinúan que consuman su relación con un tierno beso, seguido de una imagen de la casa del árbol al apagarse la luz.

Hasta acá la historia sería, dentro de todo, tolerable. No obstante, a los productores de estos seres transdimensionales, no les alcanza con estropearte el día con las proezas de un adolescente de un pequeño y hermoso poblado de algún rincón del estado de Virginia del Sur; les gusta escupirte la cara antes de que apagués el televisor. Al a la mañana siguiente, mientras el guacho desayuna con un jugo de naranja exprimido y dos wafles recubiertos de miel y mantequilla, el padre ilusionado le da la noticia de que lo han llamado a jugar en un equipo de Kansas o Conecticut, que no es muy grande, pero a pesar de eso –no se bien por qué- tenés la sensación de que si va, termina siendo el mejor jugador de la historia. Sin embargo, él mira al padre a los ojos, y con una sonrisa de pendejo pedante superado camuflada de reflexión, le dice que no va a ir, pero no le explica bien por qué… “THE END”.

Después de mirar un rato la dichosa vida de estas creaciones de Hollywod, te levantas de la silla con una mueca en la geta que parece una sonrisa, pero que deja translucir la profunda frustración que la película te ha sembrado. Te sentís un miserable, porque no te calienta que no juegues béisbol o football americano, que en vez de andar el una bici de payaso tengas tu propio auto, o que no tengas que avisarle a tu vieja a que hora vas a llegar; vos sabés que jamás va a conseguir ninguna de las cosas que estos salames lograron, sin importar cuanto estudies, entrenes o chamulles.

Rolo.

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